Sin inmutarse, eso explicó el piloto del MIL MI-8. Pisábamos el viejo aeropuerto soviético de Erebuni, en las afueras de Erevan, Armenia. Nos quedamos en silencio. Cinco periodistas aguardábamos para subir a la nave de fabricación rusa. Nuestras miradas se cruzaron con ese brillo metálico y cínico que anteponemos editores y cronistas cuando olemos peligro.

Elegí no avisar a mi familia al otro lado del mundo. Estaba por volar a la República Autoproclamada de Artsaj, con población armenia, donde el idioma oficial es armenio y la moneda también. Allí donde, sin embargo, el GPS indica Azerbaiyán y el chip del celular armenio no tiene señal. Omití también contar que en un par de horas me acercaría a la frontera caliente que Artsaj mantiene con su vecino país Azerbaiyán. Esa banda de fuego donde cada semana mueren jóvenes soldados a uno y otro lado de las rejas electrificadas. Donde cualquier movimiento en las trincheras –y hasta la colilla de un cigarrillo en la noche– aviva la mira de francotiradores azeríes y donde en invierno los chicos que visten ropa militar y cuelgan la AK 47 del hombro mueren de frío.

En la sordina que envolvía mi cabeza mientras rugían los motores del MIL MI-8 empecé a grabar. Filmaba y tomaba imágenes desde el aire. Las verdes montañas del Alto Karabagh —la denominación rusa del territorio que alude a sus montañas cargadas de oscuras vides— entraron por mis ojos. Se alojaron en mi cabeza desmadrada de emociones y sentimientos encontrados.

Los octanos del combustible impregnaban la cabina del helicóptero. El vaho del calor y cierta amenaza esfumaba los ojos de mis compañeros de vuelo. Apenas los distinguía como a través de un velo. Pero mi cabeza siguió en modo ON. Como en una película que empezaron a proyectar mis retinas ávidas y aturdidas.

Cuando volví de ese primer viaje a Armenia y Artsaj, de casualidad alguien me contó que había viajado a Azerbaiyán a la Olimpíada Internacional de Ajedrez. Me pregunté en silencio si se trataba de una casualidad. Al mes de haber sobrevolado Artsaj con el estómago suspendido, alguien en Argentina me contaba que había pisado Bakú, la capital de Azerbaiyán, territorio enemigo para los armenios desde que Stalin entregó arbitrariamente —y como moneda de cambio en una dudosa negociación— el enclave de Artsaj a Azerbaiyán. Sometí a mi nueva fuente a un interrogatorio. Se encendió mi segunda luz de alarma. Incandescencia en mi cabeza.

Dos años después, mayo 2018, volví a Artsaj. Esta vez no regresé a bordo del MIL MI-8 sino que emprendí el más tradicional camino serpenteante de seis horas entre las montañas que cosen la carretera. Allí donde hay que hacerse a un lado de la ruta para esperar que avancen los pastores de corderos y ovejas que practican la trashumancia en el siglo XXI. Se escurren parsimoniosos por todo lo ancho del pavimento con pozos. Mis compañeros de viaje subieron fuerte la voz para entonar las más fervientes canciones patrióticas armenias. El ojo contra el mal de ojo y la cinta roja que oscilaban colgados del espejo retrovisor del ómnibus, junto a la cruz armenia jachkar, marcaban el compás de esa espera. Parecían protegernos en cada curva y cada bache. Como nos protegía la estampa de la Virgen con el Niño Jesús que coronaba la cabina en el Mil MI-8. La imagen religiosa parecía no combinar con la rudeza de las casacas militares de los tripulantes, sus toscos borceguíes y el camuflaje de la nave de guerra.

Escribir una historia de amor, un novelón al estilo Lo que el viento se llevó, rankeaba entre mis pendientes. Hasta el momento parecía totalmente ajeno a estas aventuras y cuestionamientos sobre mis raíces, la indagación en mi origen armenio. Y lo estuvo todavía más después de que escribí (porque la trama se me presentó de un día para otro sin avisar), Nomeolvides Armenuhi, la historia de mi abuela armenia y de cómo mi abuela sobrevivió al genocidio perpetrado por el Imperio Otomano. Un millón y medio de víctimas entre 1915 y 1923. El primer genocidio del siglo XX, aún no reconocido por la mayoría de los países en el mundo y menos por Turquía, estado sucesor del Imperio Otomano.

Parecía que el momento de escribir una novela romántica nunca era el indicado. Cabos sueltos en mi imaginación seguían tapizando mi cuero cabelludo como las cargadas montañas de Artsaj. Más senderos y fantasías. Pensamientos que no lograba hilvanar.

La tercera señal, la definitiva, llegó en un desvelo. Esa tarde un compañero de redacción me dijo, más bien me ordenó: “Tenés que escribir una historia de amor”. Hasta ese momento yo entregaba “por hobby” una columna semanal. Levantaba polvareda porque me gustaba rasgar dentro de la fosa políticamente incorrecta de las parejas, los vínculos sociales y amorosos, todo lo que escondemos para no armar más lío del que ya tenemos.

Esa madrugada me senté en la cama, tomé la máquina y escribí a toda velocidad un nuevo argumento. Diseñé a medida una historia de amor y la incrusté en la trama política armenia, la del helicóptero y la frontera caliente. Las ideas afloraron como torrente. Las escenas se apilaban detrás de mis ojos, empujaban sin permiso mis sienes.

Magda Tagtachian es escritora y periodista.

Magda Tagtachian es escritora y periodista.

Bauticé a mi personaje principal “Alma” porque Alma es la universalidad de todos los nombres y porque Alma me iba a permitir desgranar cada arista de la protagonista, tal como desmenuzaba la granada mi abuelo Yervant. Él esparcía esos pequeños rubíes como gemas sobre la fuente, y todos nos los llevábamos a la boca sin darnos cuenta y sin pausa. Como un juego. Como un tesoro. Como mi alma. Como cada rubí sobre el plato. Cada capa. Cada incongruencia. Cada pasión. Cada deseo. Cada latido. Cada lágrima. Cada risa. Cada virulencia se la puse a Alma.

Me faltaba, eso sí, la frutillita del postre. Una pincelada que aportara dato y poesía a mi mundo de ficción levantado sobre la política real. Ajustar la atmósfera de Alma con ese toque de magia y profundidad. De azar y de destino. De sabiduría y misterio propio de las novelas. Cerré los ojos. Me transporté a mi niñez. A la casa de mis abuelos Armenuhi y Yervant. Otra vez. Entonces concebí a Alma ajedrecista. Recordé las partidas eternas con mi hermano y con los tíos. Recordé todos los veranos en que el ajedrez invadía las veredas de Villa Urquiza y sus relojes de arena.

Ya tenía todo en mi cabeza. La trama hervía como olla a presión. Sólo faltaba ponerme a escribir. Pequeño detalle. Terminar de investigar. Dedicarle tiempo. Formatear. Profesionalizar. Vivir cada emoción. Transmutarla. Sentarme. Escribirla en serio. Que nunca era el momento. Que la rutina. Que el trabajo. Que las obligaciones laborales. Que las familiares.

Una mañana me llamó una de mis primeras editoras de mi primer trabajo como periodista. Hacía veinte años que no la veía. Me leía y me propuso escribir una novela romántica contemporánea situada en la Armenia actual. Me lo propuso formalmente. Casi me desmayo.

En 2018 recibió la distinción Hrant Dink, que otorga el Consejo Nacional Armenio para Sudamérica, por su labor en derechos humanos.

En 2018 recibió la distinción Hrant Dink, que otorga el Consejo Nacional Armenio para Sudamérica, por su labor en derechos humanos.

Después de la reunión de tres horas y media corrí a la calle. El viento me hachó la cara. Empecé a caminar lento mientras sentía que mi cabeza comenzaba a rotar. Giraba como la serie de Picasso, mujer con dos caras. El cuadro que tanto amo empezaba a hacerse realidad. Una mira hacia atrás. La otra hacia adelante.

La luz verde en mi cabeza se volvió a encender. Esta vez fue total. Se habían terminado las excusas. El monstruo despertó al huracán. El huracán al fuego. El fuego a la tinta.

De un día para el otro renuncié al diario donde pasé veinte años de mi vida. Me despedí “hasta nuevo aviso” de mi familia y de mis amigos. Me encerré en un cuartito diminuto en casa frente a la computadora. Pasé días y días, meses, diez en total, absolutamente encerrada. Cada mañana emprendía un nuevo viaje en la cabeza. Una incursión hacia el corazón de cada uno de mis personajes. Daba vueltas en círculos por adentro de mi departamento. Rebotaba con las paredes cercanas. Bajaba las persianas en pleno amanecer. Escondía el celular. No hablaba. No quería atender el timbre ni el teléfono. Vivía en otro mundo. Cuando sentía que la escena se abultaba lo suficiente en mi cabeza, a punto de desbordarme, en su punto culminante, corría a la máquina. Me descargaba en el teclado. Las teclas sonaban fuertes. Determinadas. Independientes. Solo después salía a caminar y a caminar. Sin teléfono. Sin reloj. Sólo oía mi cabeza que seguía disparando y mi respiración hasta que lograba aquietarla. Algunas horas y vuelta a comenzar.

Armé una rutina de escritura. La pinché en el corcho sobre mi escritorio junto al mapa de Armenia y de Artsaj. La cumplí a rajatabla. Al principio con más disciplina y temor. Y hacia la mitad de la novela, con mucho esfuerzo porque la investigación periodística me demandó en todo sentido. Me llené de pesadillas. Dormía despierta. Y el estado de vigilia no me abandonó por largos meses, casi un año. Nada me importaba de la vida exterior salvo mi ficción, mi novela, mi alma, que era, empezaba a ser, real. En mi computadora. Lo fue para mí, en soledad, muchos meses. Dudé. Lloré. Reí. Temí y florecí. Hoy ya es de Ustedes. Por fin los dejo. Con mi Alma Armenia.

Fuente: Infobae
https://www.infobae.com/cultura/2020/02/18/el-ajedrez-de-la-politica-el-poder-y-la-guerra-en-una-historia-de-amor-apasionado/