Viajé a Armenia por una deuda con la historia

Viajé a Armenia por una deuda con la historia

Herencias. La autora se crió con la memoria ancestral del genocidio. Necesitaba profundizar en su origen y  charlar con la familia perdida, que creció allí en la era soviética. Se sorprendió con puntos de vista diferentes.

No era cualquier viaje. Tampoco cualquier lugar. Volvía a Armenia que siempre parece tener una cuenta pendiente conmigo. O yo con ella. Armenia. Lo entendí aquella noche. La sobrina de la abuela Armenuhi, nos esperaba en su departamento con una mesa cubierta por leshmeyun, pasta de berenjenas, pimientos, moras blancas, uvas y más. Al fin estábamos en Ereván, la capital de Armenia, a 23 horas de vuelo de Buenos Aires.

Armenia otra vez. Por mi lado, buscaba profundizar en las leyendas familiares, la tierra perdida y refundada, esa distancia que también es cercanía. Que juega en mi cabeza y en mi corazón desde chica. A veces con misterio, otras varias con preguntas e intrigas. Pero siempre manjares, arte, música y danzas. Armenia.

Con tía Alicia –jóvenes 83 años– no lo dudamos. Sacamos pasajes para celebrar los 100 años de la primera República. Es la “Armenia Oriental”, fundada el 28 de mayo de 1918 cuando la población era perseguida y masacrada por el Imperio Otomano, hoy Turquía. Esa primera República, al otro lado del Cáucaso Sur, duró apenas dos años, cuando pasó a formar parte de la Unión Soviética hasta 1991 en que se independizó y llegó la segunda República, la actual.

En sus calles y en su gente todavía se respira el modo soviético, la cultura cerrada y el carácter duro. Y en las afueras de Ereván, la belleza de los monasterios retrocede el almanaque hasta la antigüedad, doscientos años antes de Cristo, cuando el Reino de Armenia se extendía de mar a mar, del Caspio al Negro y de allí al Mediterráneo.

Mis abuelos fueron toda esa mezcla de tiempos, tierras y culturas. Los cuatro llegaron a la Argentina huyendo del Genocidio. Armenuhi, la abuela paterna y mamá de Alicia, vivía en Aintab, hoy Gaziantep, sur de Turquía. Tenía un año y medio en 1915, cuando su papá, Housep Demirjian, la escondió en la alforja de un burro, la tapó y en la otra alforja escondió a su otro hijo, de pocos meses. Así huyeron por el desierto sin agua y sin comida hasta refugiarse en Alepo, Siria.

Jamás quisieron regresar a su aldea ni hablar del hambre y la humillación que habían pasado. Tampoco quisieron volver a pisar la Armenia Oriental, donde hoy todavía vive parte de la familia. Sima creció en Erevan. Tiene 75 años, es muy parecida a Armenuhi y en su sonrisa y sus ojos se escapa cierta melancolía. Pero se la ve feliz cuando cocina, con sus hijos, nietos y bisnietos.

Mi abuela siempre tuvo noticias de ellos por carta y por parientes que viajaban. La idea de que fuéramos a visitarla se le ocurrió a Alicia: me lo propuso un sábado después de leerme la borra del café. Acepté sin dudar. El viaje significaba darle el enorme gusto de cerrar una deuda que también yo tenía con Armenia.

Alicia había estado una sola vez, 20 años atrás. En mi caso, en junio de 2016, cuando me invitaron a cubrir la visita del Papa Francisco. Me quedé sólo cinco días. Y, a pesar de que había hecho contacto previo vía e-mail con mi familia de Ereván, el tiempo que compartimos no fue suficiente. Necesitaba saber más de ellos. O de mí.

Antes del viaje, todo cambió de repente. Mamá venía sintiéndose mal. Después de unos análisis los médicos le anunciaron que debía empezar quimioterapia urgente. Faltaban dos meses para subirnos al avión. Me dolía el corazón, la garganta y la panza. Sentía furia, angustia y tristeza. Papá también tuvo cáncer en la sangre.

Casi toda la familia por parte de papá tuvo o tiene ese tipo de leucemia crónica. Dicen que ocurre porque la sangre del mismo pueblo no se mezcló. Desde joven, este panorama siempre me asustó. No sabía si viajar o quedarme acompañando a mamá. Una madrugada, abrí los ojos a las 4 am. Una sola palabra ocupaba mi cabeza. O dos. O tres. O la misma palabra siempre, Armenia. La cuna. La sangre. El origen. Entendí que debía seguir.

Mamá lo captó enseguida. Sonrió leve. Le prometí que iba a rezar por ella en Echmiadzin, el Vaticano armenio. Es la primera catedral cristiana del mundo, creada en el año 301, cuando el Reino de Armenia adoptó el cristianismo como religión oficial de Estado. Fue el primer pueblo del mundo en hacerlo. Cien años antes que Roma.

Mamá también es de origen armenio. Pero prefiere no detenerse en las heridas. Mira hacia adelante. Mi caso, en cambio o quizá justamente por eso, parece lo contrario. Me puse a preguntar y a revolver pasado, presente y futuro. Mamá no recuerda o no sabe o nunca supo el nombre de su abuela. María, mi abuela materna, nació en Marash, un pueblo también del Imperio Otomano, a 50 kilómetros de Aintab.

María tuvo una historia quizá peor que la de Armenuhi. Aunque tampoco hablaba de ello. Quería olvidar. Durante el Genocidio, los soldados otomanos mataron a su madre, embarazada de mellizos. En medio de la masacre, mi bisabuelo, viudo y a cargo de su pequeña hija María, la ocultó en un cajón de verdura y huyó hasta dejarla en un orfanato en Beirut. Allí María se olvidó para siempre de su papá y cuando cumplió 13 años, como a muchas niñas huérfanas, le buscaron un hombre para casarse en la Argentina. La enviaron con la familia del novio y le cambiaron el apellido. La casaron con un señor rubio y de ojos celestes, a quien jamás había visto en su vida: el abuelo Simón Balian.

    * * *

Cuando pisé Ereván, una urticaria se había adueñado de mí. Estaba muy molesta, pero trataba de apartar mi pensamiento. Para algo había recorrido medio mundo. La primera noche fuimos a comer a la casa de la sobrina de Armenuhi. Yo estaba feliz y brotada. Ocultaba las ronchas bajo mi ropa. Trataba de sonreír. En la mesa, servida a lo armenio, se acumulaban platos y más platos. Nadie los retira, se acumulan en el mantel, como manda la tradición. Cuantos más, mejor.

Me impactó una pequeña fuente con moras blancas. Jamás las había visto pero conocía una historia familiar ligada a esas moras. Era el único árbol que tenía Anoush, la hermana de Armenuhi y madre de la dueña de casa. Cuando Anoush se mudó a Erevan, en 1946, vivían en una choza más que una casa. Con las moras, Anoush hacía milagros para tener algo que comer. Buscaba hasta el último fruto en el arbusto. Había llegado desde Alepo con su marido e hijos y el sueño de repoblar la Armenia Oriental, de ver crecer a la familia bajo la bandera nacional: roja, azul y naranja. Todos cayeron bajo el régimen soviético.

Pasaron mucho tiempo en esa casa con piso de tierra sin paredes ni calefacción ni agua. Armenuhi les enviaba dinero y joyas desde Argentina para ayudarlos. Después de 30 años de escribir a la Cruz Roja, consulados y organismos humanitarios, Armenuhi logró el “papel de llamada” para que su hermana Anoush pudiera salir de la URSS. Pero a las hijas mujeres no se lo permitieron porque ya se habían casado y tenían el apellido de sus maridos. Una se quedó un tiempo más y después logró atravesar la Cortina de Hierro.

Miraba las moras blancas, el cognac armenio, los chocolates amargos, las manzanas verdes del tamaño de una ciruela, todo típico de la región, todo junto en la mesa, y me daba más nervios y prurito. Pero al fin estaba en casa de mis primos. Su departamento no es cualquiera. La sobrina de mi abuela, con su hijo y su nieta, viven en las típicas moles soviéticas que mandó a construir Stalin. Los edificios son de color cobre amarronado, la mayoría de cuatro o cinco pisos, según la década en la que fueron levantados, los años 30, 40 ó 50. Tienen las cajas de electricidad de cada departamento a la vista. Bordean el contorno de la puerta de calle. Todas amontonadas y juntas. Desordenadas. Los cables cuelgan por fuera. Dan un aspecto de abandono y destrucción. Detenidos en el tiempo.

En la sala de estar, a pesar “del afuera”, todo se ve cálido. Cuadros grandes, las paredes en tono damasco, el olor de la comida recién servida con amor, y la vajilla antigua checa, seguramente conseguida en el mercado negro, en épocas soviéticas también.

Me asomo por la ventana con mi prima segunda. Tiene 25 años. Es la única que maneja redes sociales y que habla inglés fluido. Le pregunto por una antena luminosa que brilla bajo los techos desvencijados de Ereván. “De chica creía que era la Tour Eiffel y me parecía que estaba en París”, sonríe mi prima.

Tiene dos máquinas de coser. Una rusa original; y la otra, más antigua, para hacer el overlock. Diseña modelos preciosos para las chicas armenias que se maquillan, se peinan y producen como para ir a una fiesta, así vayan a la esquina. Jamás salen a cara lavada y se sorprendían de que yo anduviera “sin maquillaje”. Todo contrasta con su pasado de carencias y aspereza.

Armenia tardó bastante en recuperarse después del terremoto de 1988, la salida del comunismo y la guerra del país, de 1991 a 1994 con su vecino Azerbaiyán por el territorio de Nagorno Karabag, hoy República de Artsaj, conflicto que aún sigue en tensión en la frontera. A fines de los 90, en Ereván había sólo dos horas de luz y agua caliente por día. La gente salía a talar los bosques para calefaccionarse.

El primo blanquea que en Armenia, muchas familias prefieren a los hijos varones. “Son quienes nos van a cuidar y a defender”, me dice. Y admite que él se queda en el hogar para proteger a la familia. En Armenia las charlas giran más en torno a Azerbaiyán y Turquía que al Genocidio. Tal vez, haber permanecido bajo 70 años de régimen soviético, les de una lectura particular de la historia, de modos de ser y algunas costumbres donde se exalta la figura del varón y se relativiza la barrera del comunismo. “Anoush, mi abuela, se fue de Armenia porque extrañaba a su padre”, razona el primo como si no hubiera existido la Cortina de Hierro. En realidad, el padre de Anoush vivía en Argentina y ella se instaló en Estados Unidos cuando pudo salir de la URSS. Viajó una sola vez a Buenos Aires para visitarlo. Fue la única oportunidad en que la familia estuvo junta, un verano de 1977.

Mientras desayunaba en un café y pensaba en estas idas y vueltas, miraba a la Madre Armenia, una obra gigante que sobresale sobre los techos de Ereván. Tallada en cobre, la figura parece que nos observara, o cuidara, a todos desde unos 50 metros de altura. La Madre Armenia sostiene una espada que atraviesa por delante su torso, a la altura del vientre. Con su cuerpo de flecha hacia el cielo y su empuñadura de arma blanca, forma una cruz. La emplazaron en el Parque de la Victoria en sustituto de un monumento de Stalin de 1950.

Pensaba en su actitud guerrera y de fuerza. Pensaba en que eso mismo legué de mamá y de las mujeres de la familia, valientes corajudas, desde las abuelas María y Armenuhi, hacia arriba y hacia abajo y hacia todos los costados, las tías, tías abuelas, primas y sobrinas.

De regreso, pensaba también en mi urticaria que lleva meses de rebeldía, y en mamá pelea con proyectos, actitud y sonrisa. En su cuarto guarda el jatchkar, la cruz armenia tallada en piedra toba, que le traje del Monasterio de Tatev. Construido en el siglo IX y perdido en las montañas, alberga la tumba de San Gregorio El Iluminador, padre de la Iglesia Armenia.

Mamá cuida el jatchkar y yo cuido junto a mi almohada la imagen de la Madre Armenia. Me mira y me sonríe. Me observa cuando duermo y cuando no puedo dormir. Cuando me siento inquieta o preocupada. Me guiña un ojo. Sabe que estamos listas. Para seguir la lucha. Cada día. Cada circunstancia. Que de eso se trata. Amar y entramar.

Fuente: Clarín.

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